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miércoles, 29 de octubre de 2014

La Serpiente y el Hipopotamo

Nunca antes una propuesta "Biodancistica" fue tan emblemática; esta vez se trata de danzar la vida en su aspecto mas primigenio, más tribal, nos pondremos en la piel de un animal...
Somos cuerpos que se encuentran, se rozan, se mezclan, se tocan, sutil, indiferenciada, recíprocamente. No hay un objetivo, no hay una búsqueda, es un extravío, un abandonarse a los sentidos, un arrebato, una vivencia. Mi mente racional se resiste, se cuestiona, interpela, finalmente se rinde, se entrega a la experiencia. Una mano se extiende generosa a encontrarse con mi miedo y lo abriga, mi espalda reposa en otra espalda, confío. Un maremoto de caricias nos envuelve, nos hacemos cómplices del momento, nos convertimos en eso que anhelamos y dejamos que nuestro cuerpo sea instrumento. Somos serpientes, nadamos en un río de coincidencias, somos presencia, reflejo, artificio, juntos creamos la poética del encuentro. Somos ritmo, silencio, cadencia, movimiento. Fluimos en el tiempo y el espacio, me disuelvo, me desconecto, me desconozco, me autentifico, no pienso. Una piel color ébano me encuentra, con determinación me acerco, no hay voces, no hay intelecto, sólo un acuerdo tácito de dos miradas que se unen y se hacen parte de este juego de figuras sinuosas que reptan por el suelo. Por un momento cedo el paso a mis tribulaciones y me permito la involución de ser una serpiente y mientras invento maneras de moverme sin miembros, arrastro torpemente mis angustias, repto.
Me levanto, incorporo lo aprendido, lo integro, crezco. Camino con mis dos pies, me apodero del espacio, lo hago mio, me disuelvo, me hago peso. De nuevo mi cuerpo ocupa un espacio indeterminado entre otros tantos cuerpos, reposamos en el inverso de este juego de formas, nos debatimos a la suerte de hacernos una alegoría al "no tiempo,"  en este "no hacer," en este pertenecer a otro ser, en la expectativa de dejar de ser yo, para ser un hipopotamo. Disfruto la vastedad de mi cuerpo, su inercia, soy inmenso, desaparezco, no quedan rastros de preocupación, mi tarea es regodearme en mi quietud, en mi grandeza. 
Respiro, vuelvo a mi centro, recorro con paciente precisión cada resquicio de mi humanidad, me hago cuerpo, voz, tiempo. Me reintegro, me dispongo a despedirme de aquel lugar, suerte de refugio, de espacio donde confluyen la reflexión y el encuentro, donde la diversidad es un alimento del que nos nutrimos, cálida y afectuosamente y trabajamos por mantener vivo el espíritu ludico de la existencia,  para seguir danzando la vida allá afuera, en la selva de cemento.