La palabra tiene poder, una palabra puede construir puentes o crear abismos, estructurar realidades o destruir conciencias, acercar a las personas o alejarlas. Se prudente con tus palabras, siéntelas, escuchate, piensa antes de hablar. Eres el silencio que guardas y cada palabra que dices.
Si tus palabras no son dichas con honestidad, empatía, consideración y respeto por el otro, si sientes que el odio enciende su llama ciega, si la rabia muestra signos de desequilibrio emocional, si el dolor y la angustia agitan tu corazón y todo se vuelve caos y confusión, respira! Aguarda unos segundos, seguramente tu alma necesita paz para reestablecerse y volver a su centro y la mejor forma de lograrlo es aprendiendo a permanecer en silencio.
Haz que tu palabra sea dicha con plena conciencia de lo que estás sintiendo, no te apresures, no grites, no te guardes, puede que sea la última vez que tengas la oportunidad de decir algo.
Todos tenemos algo que decir, aunque no siempre sepamos como hacerlo y todos necesitamos ser escuchados en alguna ocasión, sólo recuerda: las emociones son momentáneas y con el tiempo se transforman en otra cosa, pero las palabras quedan y se mantienen en la memoria por algún tiempo. Cuida que tus palabras se conjuguen en el más absoluto presente perfecto, lo que pasó, pasó y lo que pasará no lo sabemos, pero cada palabra que pronuncias está determinando tu vida hoy.
La próxima vez que sientas la imperiosa necesidad de decir algo, ponte la mano en el corazón antes de hablar, recuerda que por distintos que seamos, todos estamos hechos del mismo material, conecta con las sensaciones de tu cuerpo, ¿cómo se siente decir eso que quieres expresar? ¿cómo va a repercutir eso en tu entorno inmediato, en tu relación con el otro, en ti, en tu propósito de vida? ¿lo que dices guarda coherencia con lo que profesas? ¿cuando hablas lo haces desde la rabia, el amor, la compasión? Ya sea que decidas hablar o quedarte en silencio, ten siempre muy presente, que para bien o para mal, las palabras tienen poder.