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jueves, 19 de marzo de 2015

Abrapalabra

Todo lo que diga, será usado en su contra... O a su favor. No importa si está en una tribuna frente a un juez, discutiendo con su pareja, compartiendo con familiares o amigos, conversando con su vecino o incluso si hablamos solos con nosotros mismos en una habitación, somos lo que decimos, estamos hechos de palabras. Nuestros valores y creencias están basados en eso que nos han dicho y nos continuamos repitiendo todos los días. Lo que un padre le dice a su hijo pequeño será su voz interior cuando sea adulto, las palabras de un maestro pueden llegar a determinar nuestra forma de percibir el mundo. Un diagnóstico médico, puede traer severas alteraciones o remitirnos a la posibilidad de sanar. Una frase dicha desde la honestidad de alguien que nos ama. nos puede nutrir tanto como nos puede destruir una dicha desde la rabia. Muchas veces hablamos guiados por una emoción, por una creencia muy arraigada, porque nos apoyamos en estructuras mentales, familiares, sociales, personales, porque así lo determina la ética profesional o simplemente porque es lo que se espera de nosotros, no siempre estamos del todo conscientes de la forma en la que nos expresamos y hasta cierto punto es comprensible que sea así, somos humanos, no podemos pretender tener un control preciso y absoluto de todo lo que hacemos o decimos. Lo que si creo que podemos hacer, es estar muy presentes y entender, que como todo, las palabras también son energía en movimiento y elegirlas sabiamente es nuestra responsabilidad.
La palabra tiene poder, una palabra puede construir puentes o crear abismos, estructurar realidades o destruir conciencias, acercar a las personas o alejarlas. Se prudente con tus palabras, siéntelas, escuchate, piensa antes de hablar. Eres el silencio que guardas y cada palabra que dices.
Si tus palabras no son dichas con honestidad, empatía, consideración y respeto por el otro, si sientes que el odio enciende su llama ciega, si la rabia muestra signos de desequilibrio emocional, si el dolor y la angustia agitan tu corazón y todo se vuelve caos y confusión, respira! Aguarda unos segundos, seguramente tu alma necesita paz para reestablecerse y volver a su centro y la mejor forma de lograrlo es aprendiendo a permanecer en silencio.
Haz que tu palabra sea dicha con plena conciencia de lo que estás sintiendo, no te apresures, no grites, no te guardes, puede que sea la última vez que tengas la oportunidad de decir algo. 
Todos tenemos algo que decir, aunque no siempre sepamos como hacerlo y todos necesitamos ser escuchados en alguna ocasión, sólo recuerda: las emociones son momentáneas y con el tiempo se transforman en otra cosa, pero las palabras quedan y se mantienen en la memoria por algún tiempo. Cuida que tus palabras se conjuguen en el más absoluto presente perfecto, lo que pasó, pasó y lo que pasará no lo sabemos, pero cada palabra que pronuncias está determinando tu vida hoy.
La próxima vez que sientas la imperiosa necesidad de decir algo, ponte la mano en el corazón antes de hablar, recuerda que por distintos que seamos, todos estamos hechos del mismo material, conecta con las sensaciones de tu cuerpo, ¿cómo se siente decir eso que quieres expresar? ¿cómo va a repercutir eso en tu entorno inmediato, en tu relación con el otro, en ti, en tu propósito de vida? ¿lo que dices guarda coherencia con lo que profesas? ¿cuando hablas lo haces desde la rabia, el amor, la compasión? Ya sea que decidas hablar o quedarte en silencio, ten siempre muy presente, que para bien o para mal, las palabras tienen poder.